El momento de apagar la luz y despedirse del día suele convertirse en uno de los momentos más delicados y conversados dentro del ámbito familiar. Cuando los menores terminan el cuento y se enfrentan a la oscuridad, muchos pequeños llaman a sus padres, piden que se queden a su lado o caminan hacia su habitación en plena madrugada.
Esta situación genera dudas recurrentes entre madres y padres que se preguntan si deben ceder ante estas peticiones, si están fomentando una excesiva dependencia o si simplemente están protegiendo la seguridad emocional de sus hijos.
A lo largo del crecimiento, las necesidades de descanso cambian y cada etapa presenta particularidades que exigen comprensión, paciencia y una mirada abierta por parte de los adultos responsables de la crianza.
Cómo actuar ante el miedo nocturno
Para comprender las razones por las cuales algunos niños pequeños necesitan la presencia de sus progenitores a la hora de conciliar el sueño, diversas especialistas en psicología infantil y pediatría analizan los factores emocionales y conductuales que intervienen en este proceso cotidiano.
Por un lado, la psicóloga María Luisa Ferrerós señala que este fenómeno ha aumentado debido a que los menores pueden recibir una sobreprotección o verse contagiados por temores propios de los adultos, además de afrontar una etapa evolutiva normal caracterizada por la aparición de pesadillas entre los dos y los cinco años.
Por otro lado, la doctora Laura Álvarez Chamorro destaca que la búsqueda de cercanía durante la noche responde frecuentemente a una necesidad básica de sentirse seguros y protegidos, recordando que los adultos también prefieren dormir acompañados sin que ello signifique la falta de autonomía personal.
Ambas profesionales coinciden en que no se debe medir el buen dormir únicamente bajo la regla de que el niño duerma solo y del tirón desde edades muy tempranas. En lugar de aplicar métodos rígidos que puedan generar mayor ansiedad o ignorar un miedo real, las expertas recomiendan identificar la causa principal de la conducta y establecer rutinas predecibles, horarios estables, actividad física al aire libre y evitar el uso de pantallas durante las horas previas al descanso.
Si las familias deciden fomentar la independencia nocturna, sugieren introducir los cambios de manera gradual, permitiendo que el menor participe en la preparación de su propia habitación, reduciendo el contacto físico de forma progresiva y convirtiendo la hora de dormir en un espacio agradable y tranquilo para todos los miembros del hogar.
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