Bethsabé Caballero, de las salas teatrales de Caracas a las de California y New York

Martes, 13 de diciembre de 2022 a las 07:00 pm
Bethsabé Caballero, de las salas teatrales de Caracas a las de California y New York

En San Joaquín, un pueblo del estado Anzoátegui, todavía hay gente que se detiene a preguntarle a una señora por su nieta. No la llaman por su nombre. La llaman "la cantante". Es lo que quedó de una niña que entraba a la bodega, a la plaza, a cualquier sitio donde hubiera dos personas conversando, y se ponía a cantar sin que nadie se lo pidiera. No lo hacía para que la aplaudieran. Lo hacía porque le parecía que ese era el uso natural de estar frente a otros.

Esa niña se llama Bethsabé Caballero y este año 2022 se graduó de actriz en California. La historia que vale la pena contar no empieza allá. Empieza en las navidades de una familia caraqueña donde dos hermanas escribían canciones y las estrenaban delante de tíos y abuelos, y en las tardes en que se aprendían de memoria los diálogos de las películas para volver a montarlos con las amigas, y cuando se cansaban de los diálogos ajenos, inventaban los propios. Su madre, que entendió antes que nadie que aquello no era ruido sino energía buscando un cauce, encontró un grupo de teatro infantil en la Hermandad Gallega de Venezuela y las inscribió a las dos. El grupo estaba montando El Principito. Corría 2007 y a Bethsabé le tocaron La Reina y El Comerciante.

Lo que ocurrió entonces fue una conversión doméstica y absoluta. Antes había probado natación, había probado música, y nada le había quedado. Después de una sola clase de teatro ya estaba contando los días para el siguiente ensayo, que eran los miércoles y los jueves. El Principito recorrió teatros de Caracas, y cada función incluía un ritual privado que ella describe todavía hoy con la misma precisión: maquillarse, vestirse, saber que faltaban minutos. Era, dice, su lugar feliz. A esa edad uno no sabe que está eligiendo una vida. Lo que sí sabe es dónde quiere estar los miércoles. La cantante, ahora era la actriz.

Se quedó en Conexión Pelegrín diez años, bajo la dirección de Adolfo Oliveira. En 2008 hizo Alicia en El cuento de los cuentos. En 2009, Aurora y Fifi en Yo soy perro yo soy gato. Casi todo era material original, que en el teatro infantil venezolano ha sido siempre menos una limitación que una escuela: no hay grabaciones ni versiones célebres de las que copiar, así que el personaje hay que construirlo desde cero, con la voz propia y el cuerpo propio.

La prueba real llegó en 2010 con La sonrisa del señor Gepner. Le dieron a Samja, un personaje emocionalmente complejo, el primer papel que ella recuerda como de "niña grande". Hubo días en que no supo cómo transmitir lo que la obra le pedía. Oliveira, que había reconocido algo en ella desde el primer día, tuvo el criterio poco común de exigirle sin quitarle el juego: la empujó y la desafió sin convertir el ensayo en una obligación. La obra viajó al Festival de Teatro Interclubes y al Festival Crea Joven, y se mantuvo en repertorio casi dos años, lo cual significa que Bethsabé interpretó a Samja mientras ella misma crecía. Volver una y otra vez al mismo personaje siendo cada vez una persona distinta es un privilegio que muy pocos actores tienen a los once años. Al terminar esa temporada ya tenía la certeza de que eso era lo que iba a hacer con su vida. En 2011 hizo Nuba en De dónde vienen los sueños, y siguió montando obras con el grupo hasta 2017.

Mientras tanto cursaba bachillerato en el Colegio Santo Tomás de Aquino y hacía otra cosa a escondidas del sentido común: investigar, durante años, cómo estudiar actuación fuera del país. No conocía Los Ángeles, no había estado nunca allí, y sin embargo estaba convencida de que ese era el paso siguiente. Con mucho esfuerzo familiar y el respaldo de sus padres, entró a California State University Long Beach.

Cuatro años después, el balance de esa apuesta es verificable. Este 2022 obtuvo su BFA en Actuación y cerró su paso por CalRep con una temporada que ya quisieran muchos actores con el doble de recorrido: interpretó a Rachel Cruz-Williams en Aftermath, dirigida por Bella Arnold; a Anne O'Sullivan en Sonnets for an Old Century, con Marya Mazor; y a Romeo —sí, Romeo— en el Romeo y Julieta de Allegra Ritchie. Aprendió a actuar en un idioma que no era el suyo y terminó haciéndolo en verso isabelino.

Ella no se detuvo ahí. Audicionó para los programas de posgrado en actuación de Estados Unidos, que admiten entre seis y dieciséis personas por generación, y fue aceptada en Columbia University. En septiembre se mudó a Nueva York.

Bethsabé Caballero no se formó en una escuela de élite y luego decoró su currículum con un origen. Se formó en un grupo de teatro infantil, en festivales interclubes, en obras originales sin presupuesto y con un director que le tuvo paciencia. Todo lo que hoy le sirve en un escenario de Manhattan —la disciplina, la capacidad de sostener un personaje durante meses, el humor, la costumbre de encontrar lo luminoso en circunstancias adversas— lo aprendió aquí, y no lo aprendió como técnica sino como manera de vivir.

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