Sin agencia, sin representante y sin estudio fijo, el artista colombiano construyó durante seis años una práctica itinerante por siete países. Ahora abre capítulo en Canadá
Hay una imagen con la que Camilo Colmenares empieza siempre que le preguntan por sus inicios, y conviene dejarlo contarla a él. "A los 16 años tuve mi primer contacto con una máquina", dice. "La compré de segunda mano, era una máquina casera armada con una cuchara, el motor de un carrito de juguete, un lapicero y una aguja amarrada con hilo, que se encendía conectada al cargador de un celular. Conseguirla fue toda una aventura."
Lo cuenta sin dramatismo, casi divertido, desde Toronto, la ciudad donde se radicó este año después de casi una década tatuando en movimiento. Tiene veintinueve años, ocho países de anécdotas y una carrera que armó pieza por pieza, igual que aquella primera máquina.
Antes de la máquina estuvo el lápiz. "Desde niño dibujaba todo el tiempo, incluso me rayaba los brazos yo mismo, y en el colegio les dibujaba a mis compañeros en la piel con lapicero", recuerda. El punto de quiebre llegó a los trece, frente al televisor: "A los 13 años descubrí la serie Miami Ink, y eso me voló la cabeza: ver tatuadores disfrutando lo que hacían, escuchando las historias de sus clientes y convirtiéndolas en una ilustración personalizada, me enamoró por completo."
Pero la economía familiar no acompañaba, y el sueño quedó en pausa hasta 2012, cuando ya estudiaba diseño gráfico en Bucaramanga. Ese año pudo comprar por fin una máquina profesional, aunque el impulso vino de afuera. "Un día, siendo uno de los dos únicos alumnos que sacaron la nota más alta en un proyecto, un compañero que sí era tatuador vio mi ilustración, quedó impresionado y me dijo que yo debía tatuar. Esa semana ya tenía mi primera máquina profesional."
Ocho meses después estaba trabajando en Black Cat 77, uno de los estudios más respetados de Bucaramanga. Era un novato absoluto y lo sabe: entró porque un artista consagrado de la ciudad vio algo en él y le abrió las puertas. Entre 2014 y comienzos de 2016 pasó por Inked Tattoo Studio, y luego regresó a Black Cat 77 para el año que le cambió la carrera.
El realismo -una modalidad artística del tatuaje- lo había impactado en una convención. "Me pareció un reto enorme", dice. "Empecé a practicarlo, y en 2016 hice un tatuaje de un tigre que superó las 1,000 interacciones, poco común en ese momento, y ahí empezó a llegarme mucha demanda de realismo." Lo que siguió a esa viralización es, según él mismo, el momento cumbre de su carrera hasta hoy. "Empecé a recibir mensajes de clientes y seguidores de ciudades que nunca había escuchado nombrar."
Ese fue el permiso que necesitaba para salir. Desde 2016, Colmenares dejó de esperar que lo contrataran y se contrató a sí mismo. Organizó su propio calendario, se agendó ciudad por ciudad y armó una operación itinerante que gestionó completa: los clientes, las fechas, los vuelos, los espacios de trabajo y, por supuesto, el tatuaje. Colombia, Panamá, República Dominicana, México, España, Bélgica, Italia. Más de quince ciudades. Miles de clientes atendidos, muchos de ellos recurrentes, agendados con meses de anticipación.
"Desde 2016 construí mi carrera de forma completamente independiente", explica. "Yo mismo organizaba mi calendario y agendaba clientes en distintos países con meses de anticipación." Preguntarle por su diferenciador es preguntarle por eso, pero también por el trabajo en sí. Con el tiempo, el realismo se le volvió repetitivo, y empezó a moverse hacia algo más difícil de nombrar. "Empecé a explorar composiciones surrealistas: mezclar imágenes realistas con piezas mecánicas o con caricaturas, construyendo una narrativa completa en vez de una sola imagen aislada." Le interesa cada vez más lo mitológico y lo medieval, las criaturas mágicas y fantásticas y también le interesa el tamaño. "La gran escala añade otro nivel de reto", dice. "Ya no es una imagen sobre el cuerpo, es una obra completa adaptada a él."
De todas las áreas que maneja, cuando se le pide elegir una, no duda: el surrealismo. "Por la posibilidad de crear composiciones impensables: mezclar rostros o culturas que en apariencia no tienen relación y darles una carga simbólica enorme. Su versatilidad es real y la enumera sin presumir: realismo, blanco y negro, fine line, retrato, color abstracto, proyectos de manga completa y de espalda completa. Pero insiste en que el valor agregado no está solo ahí. "Además he operado mi propio negocio internacional de forma independiente." En una industria donde muchos artistas dependen de estudios, ferias y convenciones para conseguir agenda, él construyó una clientela propia, autogenerada y fiel.
También ha pasado por su silla más de una figura pública del entretenimiento colombiano, aunque prefiere hablar del trabajo antes que de los nombres. Lo que le importa, dice, es no perder el estilo narrativo propio sin importar quién esté sentado del otro lado. Su vitrina, entretanto, ha sido siempre la misma: Instagram. Ahí publica sus piezas, ahí lo encuentran los clientes de ciudades a las que todavía no ha viajado, y ahí se sostiene buena parte de una operación que nunca tuvo oficina.
En su cuarto de trofeos hay, además, dos que vale la pena mencionar: primer lugar en Estilo Libre y segundo lugar en Color en la convención de tatuajes de Neomundo, en Bucaramanga. Este año, después de seis de itinerancia, Colmenares decidió cambiar de base y probar suerte en Canadá. Es el octavo país en el que trabaja y, por primera vez desde 2016, un lugar donde piensa quedarse un rato. No lo plantea como un final de etapa sino como un cambio de escala.
"Soy un artista creativo, obsesionado con mejorar y con crear piezas únicas y complejas que generen impacto real, tanto en redes como en la calle", dice, cuando se le pide que se defina. Y luego ofrece la fórmula que mejor lo retrata: "Me defino como un 'experto aprendiz': nunca dejo de aprender, siempre estoy explorando nuevas técnicas y estilos." Después vuelve, inevitablemente, a la cuchara y al motor del carrito de juguete. "Conseguir mi primera máquina de tatuar ya fue toda una aventura", dice, "y una década después sigo con la misma obsesión por seguir creciendo." Hoy por hoy Camilo se ha convertido en una figura prominente del tatuaje en Latinoamérica y su trabajo es muestra de profesionalismo, credibilidad y alcance.