La claustrofobia es un trastorno que muchos conocen como el miedo al encierro, sin embargo, es una fobia más compleja que quedarse atrapado en un ascensor o un espacio pequeño similar.
La ciencia indica que es una alteración profunda en la forma en que el cerebro mide el espacio, el movimiento y la supervivencia.
Revisiones clínicas publicadas por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH / StatPearls) revelan que el cerebro claustrofóbico no le teme al espacio pequeño en sí, sino a la restricción y la asfixia.
¿Qué es realmente la claustrofobia?
Estas dos alertas, restricción y asfixia, hacen que una persona con claustrofobia se altere por la certeza cognitiva de que los movimientos físicos están limitados y no existe una vía de escape inmediata. Al igual que genera la falsa y desesperante percepción de que el aire disponible se va a agotar.
Por esta razón, una persona con claustrofobia puede experimentar un ataque de pánico en un espacio completamente abierto, si la acción cumple con estas dos características.
De tal manera, si a un paciente se le restringe el movimiento en medio de un campo abierto o se le coloca una máscara que opaque su visión, los mecanismos del pánico se detonarán exactamente igual como si estuviera en un ascensor o un closet.
En la mayoría de casos, este trastorno se presenta por condicionamiento clásico, es decir, una experiencia traumática en el pasado, como haber quedado atrapado en un juego infantil, un vehículo o un armario.
Una situación así suele deja una huella física en el cerebro que reactiva la alarma de muerte ante cualquier estímulo similar.
¿Cuál es el tratamiento?
La ciencia respalda dos tipos de terapias para las personas claustrofóbicas, las cuales son la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) y exposición con Realidad Virtual (RV).
La TCC consiste en reestructurar los pensamientos catastróficos mediante la lógica, combinada con la exposición interoceptiva, un método donde el paciente aprende en consulta que las sensaciones físicas de la ansiedad (taquicardia, falta de aire) son muy incómodas, pero biológicamente inofensivas.
En cuanto a la RV, universidades con psicología clínica validan el uso de entornos virtuales simulados, como ascensores o túneles interactivos. La ciencia demuestra que el cerebro se habitúa al estímulo de igual forma que en el mundo real, pero con el beneficio de que el paciente tolera mejor la terapia al sentir que tiene el control absoluto del simulador.
Ante una crisis inminente, controlar la respiración es vital. El pánico induce a la hiperventilación, que altera el dióxido de carbono en la sangre y causa mareos.
Inhalar expandiendo el abdomen durante dos segundos, retener el aire otros dos y exhalar lentamente por la boca en cuatro segundos activa el sistema nervioso parasimpático, ordenándole al corazón que baje las pulsaciones de inmediato.
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