La venezolana Patricia Calero, una artista emergente que construye su obra desde el cinetismo

Calero se define, antes que nada, por su manera de mirar

Sabado, 17 de diciembre de 2022 a las 11:00 am
La venezolana Patricia Calero, una artista emergente que construye su obra desde el cinetismo

El trabajo de Patricia Calero son obras que obligan a moverse. Frente a sus composiciones de cintas de nylon y poliéster, tensadas en estructuras modulares que parecen respirar, el espectador no puede quedarse quieto: basta un paso a la derecha para que el color cambie, una inclinación de la cabeza para que la sombra se desplace y una geometría que parecía estable revele, de pronto, su naturaleza vibrante. Esa invitación al desplazamiento —física y mental— es el corazón de la propuesta de esta artista venezolana, una de las voces emergentes más singulares dentro del arte cinético y la abstracción geométrica contemporánea.

Una mirada formada en la observación

Calero se define, antes que nada, por su manera de mirar. "Me definiría como una persona muy visual y detallista. Siempre me ha interesado entender cómo funcionan las formas, los colores y las estructuras que nos rodean", explica. De esa curiosidad estructural nace todo lo demás: una práctica que ella describe como un ejercicio constante de exploración. "Soy una persona que disfruta mucho explorar y experimentar. A través de mi trabajo busco crear piezas con materiales diferentes que transmitan movimiento, color y sombras, y que inviten a las personas a mirar la obra desde diferentes perspectivas."

Su trabajo es deliberadamente multidisciplinario. En él conviven el origami—influido por la estética y la filosofía japonesas—, el arte cinético y un lenguaje geométrico que se traduce en instalaciones murales y piezas escultóricas. Lejos de tratarse de disciplinas yuxtapuestas, en sus manos se funden en un solo idioma: el de la forma que se transforma según la posición de quien la observa.

Heredera de una gran tradición venezolana

Resulta imposible leer la obra de Calero sin inscribirla en una de las genealogías más prestigiosas del arte latinoamericano. El cinetismo venezolano dio al mundo a maestros como Carlos Cruz-Diez y Jesús Rafael Soto, figuras que convirtieron al país en epicentro de un movimiento que entendió el color y la vibración como fenómenos vivos, dependientes del tiempo y del cuerpo del espectador. Calero reconoce abiertamente esa herencia: su lenguaje geométrico y su fascinación por el movimiento dialogan con esa tradición, no para repetirla, sino para prolongarla con materiales y formatos propios.

Allí donde Soto trabajó la disolución de la materia y Cruz-Diez la autonomía del color, Calero introduce la suavidad textil de las cintas de nylon y poliéster, un material poco habitual en este territorio plástico. El resultado es una obra que conserva el rigor de la abstracción geométrica pero gana en ligereza, en poesía y en un dinamismo casi orgánico. Sus composiciones modulares y sus instalaciones murales producen efectos visuales que cambian con la luz y con el recorrido del público, generando esa experiencia cambiante que es la firma del arte cinético.

Una trayectoria construida sin atajos

Quizá lo más notable de su perfil sea el punto de partida. Calero llegó al arte sin formación académica previa en el campo, y es precisamente ahí donde ella sitúa su mayor fortaleza. "Considero que una de mis habilidades especiales es haberme iniciado en el área artística sin estudios anteriores en este campo y poder realizar obras con un lenguaje cinético y de abstracción geométrica", afirma. Su condición de artista autodidacta no es una limitación que disimula, sino una declaración de método: la suya es una práctica nacida de la observación, el ensayo y la insistencia más que de la repetición de fórmulas aprendidas.

Esa autonomía explica la coherencia de un recorrido que, en pocos años, la ha llevado de Venezuela a algunos de los circuitos más exigentes de Estados Unidos. Sus primeras apariciones la situaron en su país de origen: en 2018 participó en el Art & Design Market de la Galería Universitaria Braulio Salazar, en Valencia, y en 2019 formó parte de la exposición colectiva "Artesanalia 2 – Interference and Lines", en Caracas, un título que ya anunciaba su interés por la interferencia óptica y la línea como elemento generador.

Ese mismo año comenzó su diálogo con el público estadounidense a través de un mural de origami para el Sake Room Restaurant de Miami, una de esas intervenciones que llevan su trabajo fuera de la sala de exhibición y lo integran al espacio cotidiano. En 2021 dio un salto significativo al participar en Art On Paper, en Nueva York, una de las ferias de referencia para la obra sobre papel y materiales afines, y realizó un nuevo mural de origami para el Badell Law Office, en Hialeah. En 2022, su presencia se consolidó en el mercado del arte estadounidense con su participación en Art Market San Francisco y en Art Market Hamptons, dos plataformas que confirman el creciente interés de coleccionistas y galerías por su lenguaje.

El arte como espacio de encuentro

Más allá de la técnica, Calero entiende su práctica como un gesto cultural. Su obra no busca imponer una lectura cerrada, sino abrir un espacio de interpretación compartida. "Lo más importante que se puede aportar a una comunidad es cultura", sostiene cuando se le pregunta por su contribución al país que hoy la acoge. "Me gustaría que mis obras aporten un intercambio cultural, que las personas que vean mis obras puedan descubrir e interpretar el color, la forma y el movimiento desde su experiencia y su propia historia."

Esa convicción atraviesa toda su propuesta. En una sociedad diversa, donde cada espectador trae consigo un bagaje distinto, Calero concibe la obra cinética como un mecanismo perfecto para esa pluralidad: la pieza literalmente se ve diferente según quién la mire y desde dónde. "En esta sociedad donde cada persona tiene sus propias vivencias, el arte ayuda a que se replanteen nuevas ideas y nuevas maneras de ver su entorno", reflexiona. "Como artista, mi intención es contribuir a la comunidad donde el arte nos ayude a crear y reflexionar sobre nosotros mismos y nuestro entorno."

Una voz emergente que vale la pena seguir

Lo que hace diferente a Patricia Calero dentro de su nicho no es únicamente la elección de un material insólito ni su filiación con la gran escuela cinética venezolana, sino la manera en que articula ambas cosas con una sensibilidad propia y una ética del encuentro. Su trabajo se sostiene en una tensión fértil: el rigor geométrico frente a la levedad de la cinta, la herencia frente a la experimentación, la pieza como objeto frente a la pieza como experiencia. La recepción de su obra —presente ya en ferias de Nueva York, San Francisco y los Hamptons, además de murales que habitan espacios de Miami y de su Venezuela natal— confirma que esa apuesta encuentra eco.

En un panorama saturado de propuestas que se agotan en la primera mirada, Calero ofrece justamente lo contrario: obras que exigen tiempo, movimiento y participación. Piezas que, en sus propias palabras, buscan ser a la vez intelectualmente estimulantes y visualmente cautivadoras. Es esa doble ambición, sostenida por una trayectoria que crece sin perder coherencia, la que perfila a Patricia Calero como una de las artistas emergentes más prometedoras de la abstracción cinética contemporánea.

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