La tragedia no da tregua a la familia Delfín. Apenas semanas después de superar el impacto de una catástrofe telúrica en suelo venezolano, el miedo los atrapó de nuevo en territorio colombiano. En este sentido, los hermanos Winder Delfín, de 17 años, y Deivi Delfín, de 15, atravesaron momentos de auténtico terror durante el mes de junio en Venezuela.
En aquella ocasión, dos potentes sismos consecutivos destruyeron su entorno, acabaron con miles de vidas y destruyeron la estructura de su hogar. Además, el fenómeno arrebató la existencia de tres seres queridos muy cercanos a los jóvenes: su madre, su hermano menor y su abuela materna.
Búsqueda de los cuerpos
La pérdida física desencadenó un calvario de 26 días. Los adolescentes emprendieron una búsqueda incesante entre los escombros para localizar los restos mortales de sus parientes. Tras concluir el proceso de duelo e identificación, los jóvenes tomaron la decisión de emigrar. Su destino final fue la ciudad de Cali, en el departamento del Valle del Cauca, Colombia. Allí los esperaba su padre, Deivid Delfín, un hombre de 44 años que labora como barbero en la localidad y quien soñaba con brindarles un nuevo comienzo lejos del dolor y los escombros.
Se repite la historia: menos de dos meses de la tragedia
Sin embargo, la estabilidad duró muy poco tiempo. Un poderoso terremoto de magnitud 7.4 sacudió gran parte de Colombia a las 7:34 de la mañana del lunes 10 de agosto de 2026. Por su parte, el Servicio Geológico situó el epicentro en el municipio de San José del Palmar, dentro del departamento del Chocó, con una profundidad de 82 kilómetros. Dentro de este contexto, la fuerza de las ondas sísmicas destruyó fachadas, colapsó decenas de inmuebles y provocó la muerte de más de 70 personas a nivel nacional, afectando zonas urbanas como Pereira, Manizales y la propia ciudad de Cali
Ubicación de la familia Delfin al momento del movimiento telúrico
En el instante exacto del sismo, Winder y Deivi estaban dentro de la vivienda. Si bien, la estructura comenzó a vibrar con violencia y los objetos cayeron al suelo. A su vez, la memoria del evento anterior activó las alarmas de los adolescentes. Ambos salieron a la calle impulsados por una desesperada necesidad de ponerse a salvo. Mientras tanto, Deivid se encontraba en la vía pública, lejos del inmueble. Al notar el sacudón en el suelo, el padre corrió a toda velocidad con la mirada fija en el rumbo de su casa.
Momentos de angustia y pánico
El trayecto de regreso estuvo lleno de angustia e incertidumbre. Durante los primeros minutos del evento, Deivid no logró vislumbrar a sus hijos entre la multitud que ocupaba las aceras. La desesperación lo invadió ante el temor de sufrir otra pérdida irreparable.
Sin embargo, los tres lograron reunirse sanos y salvos en una zona despejada. En ese instante, el padre abrazó a sus jóvenes con fuerza mientras las lágrimas brotaban de sus ojos, superado por el inmenso alivio de saberlos con vida tras revivir la misma pesadilla por segunda vez en menos de sesenta días.
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