El penetrante olor a descomposición impregna la ropa, la piel y el ambiente a kilómetros. La magnitud del terremoto y sus devastadoras consecuencias, también impactan el proceso de búsqueda, identificación y entrega de cadáveres. En los primeros días de funcionamiento el centro de contingencia médica y forense, organizado para atender la peor tragedia natural reciente en el estado La Guaira, se convirtió en un escenario de desorganización, jornadas extenuantes y condiciones insalubres, según testimonios extraoficiales recogidos por el equipo de 2001.
En la morgue de campaña instalada por el Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamef) en el sector "Los Silos" -en las inmediaciones del Puerto de La Guaira, justo frente a la Casa Guipuzcoana- el dolor de los familiares de las víctimas contrasta con el drama de los voluntarios y técnicos que redoblan esfuerzos para intentar poner orden en medio del caos.
El colapso del domingo: 740 cuerpos en 24 horas
La magnitud de la catástrofe sobrepasó cualquier previsión institucional. "Solo el domingo 28 de junio llegaron 740 cadáveres provenientes de diferentes partes de La Guaira", relata un voluntario, quien pide resguardar su identidad.
Las camionetas del Senamef recorrían las zonas de desastre recolectando entre 30 y 50 cuerpos por viaje en sus tolvas traseras para trasladarlos a la morgue accidental. Al mismo tiempo, llegaban vehículos particulares de ciudadanos que rescataban los restos de sus propios familiares.
A fin de procesar tal volumen de fallecidos, el Senamef convocó a especialistas y estudiantes. Unos 20 cursantes de la Escuela de Antropología de la Universidad Central de Venezuela (UCV) acudieron para realizar mediciones, llenar fichas de registro y apoyar a los antropólogos físicos forenses en los casos especiales, como la identificación de extremidades y cuerpos mutilados.
Sin embargo, el grueso de la fuerza laboral recayó sobre los hombros de los alumnos de la Universidad Nacional Experimental de la Seguridad (UNES), jóvenes de entre 18 y 22 años que se preparan para ser policías y terminaron ejecutando las tareas más pesadas.
"Increíble lo mal que la pasan los estudiantes de la UNES. No tenían equipos de bioseguridad, sólo batas de cirugía y guantes de látex. Los ponían a hacer labores para las cuales no estaban preparados y a veces ni siquiera físicamente podían ", denuncia otro informante.
Sin bioseguridad: el peligro de la cal viva
Los estándares internacionales de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para el manejo de cadáveres en catástrofes exigen el uso riguroso de Equipos de Protección Personal (EPP), los cuales deben incluir trajes de bioseguridad impermeables (tipo Tyvek), respiradores con filtros N95 o superiores, gafas protectoras de sellado hermético y guantes de nitrilo de alta resistencia, mecánicamente aptos para el arrastre de cargas pesadas.
Lejos de cumplir esta norma, en Los Silos los estudiantes trabajaron desprotegidos. En una de las jornadas, los jóvenes de la UNES tuvieron que descargar un camión de cal sin mascarillas industriales ni trajes protectores. El polvillo provocó severas reacciones alérgicas en al menos 30 estudiantes que debieron ser retirados de inmediato. En el lugar no había paramédicos ni puestos de primeros auxilios para atenderlos.
Contrario a la creencia popular de que la cal se utiliza sobre los cuerpos para mitigar el olor, una fuente técnica aclaró su verdadero uso en situaciones de catástrofe: "No se le pone cal por encima a los cadáveres porque eso acelera la descomposición. Se le coloca al piso porque los cuerpos están necrosados y derraman fluidos. El problema es que cargándola te genera reacciones en la piel, y si te lavas de inmediato con agua se endurece y te causa quemaduras".
El viacrucis de la identificación
El protocolo de identificación en Los Silos se divide en unas cinco zonas de clasificación. El primer paso formal es la necrodactilia, ejecutada por técnicos del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) para obtener las huellas dactilares. Cuando el estado de descomposición impide este método, la identificación depende de la odontología forense, antropología física y la verificación visual de rasgos específicos: marcas de nacimiento, cicatrices, labio leporino o tatuajes.
De acuerdo al testimonio de un vecino de Caraballeda, el hecho de estar cerca del sitio donde realizan la remoción de escombros puede traer “beneficios” en un momento tan dramático: “Si sacan el cuerpo de tu ser querido y el familiar está cerca, puede identificarlo. Ahí mismo le colocan un brazalete con un código. Esto facilita el proceso cuando vas a Los Silos porque pueden ubicar el cadáver por ese número”.
En caso contrario, la situación se complica para los familiares desaparecidos, pues el proceso se convierte en una tortura psicológica. En apretado resumen es cómo sigue: Tras una entrevista inicial, se les muestra una base de datos fotográfica rudimentaria para evitar el impacto visual directo. Si el cuerpo no aparece catalogado por nombre en el sistema, deben comenzar el recorrido físico:
- Los containers: grandes contenedores donde se acumulan entre 80 y 100 cuerpos. "No todos los containers cuentan con la debida refrigeración", advierte una fuente.
- La “pared de la muerte”: aledaño a un muro perimetral hay una línea interminable de aproximadamente 250 metros de cadáveres no identificados dispuestos en el piso, sobre una lona, uno al lado del otro. Los técnicos deben abrir bolsa por bolsa frente a los familiares en busca de un reconocimiento visual positivo.
Secuelas psicológicas y falta de mando
La ausencia de una coordinación general centralizada convirtió la contingencia en un caos logístico, al menos en los primeros días de funcionamiento de la morgue accidental. Testimonios destacan que no existía un mando claro que distribuyera eficientemente los turnos o garantizara suministros básicos.
Los efectos del agotamiento y el trauma psicológico ya se hacían evidentes. Con guardias de hasta 12 horas y apenas minutos para descansar entre pilas de cal, los estudiantes padecen colapsos emocionales. "Como a las 4 am, a uno de los chamos de la UNES le dio un ataque de pánico y delirio de persecución; gritaba que alguien lo perseguía. No había personal de salud mental; los médicos forenses no sabían qué hacer. Afortunadamente, una estudiante de antropología que sabía de manejo de crisis pudo calmarlo ", concluyó un testigo.
Hasta el momento, las autoridades no han emitido un balance oficial consolidado sobre la cifra total de fallecidos procesados en Los Silos ni han conversado sobre las condiciones laborales y de salubridad del personal voluntario, tanto en los sitios de remoción de escombros como en la morgue accidental.
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