Los terremotos del 24 de junio desataron una cantidad de energía sorprendente

Gustavo Iribaren, ingenieron civil de la Universidad Metropolitana (UNIMET) y experto en Geotécnica, alerta sobre las variables que se deben tomar en cuenta al momento de levantar inmuebles sismorresitentes

Viernes, 04 de septiembre de 2026 a las 03:56 pm

La Facultad de Ingeniería de la Universidad Metropolitana de Caracas (Unimet) conformó un equipo integrado por ingenieros, estudiantes de Ingeniería Civil y profesores expertos, junto con egresados y voluntarios de otras instituciones, para realizar la inspección visual preliminar de edificios afectados por los dos terremotos del 24 de junio de este año.

Un total de 107 profesores, junto con estudiantes y egresados han realizado más de 500 inspecciones en distintas zonas de la Gran Caracas y La Guaira. Las evaluaciones buscan ofrecer información preliminar que permita orientar la toma de decisiones posteriores.

Gustavo Iribarren, ingeniero civil de la UNIMET

Dentro de ese grupo de especialistas se encuentra el ingeniero civil Gustavo Iribarren, quien además es experto en Geotecnia y cultura sísmica. El también docente de la Unimet es nuestro invitado en La Conversa 2001, junto a Erys Wilfredo Alvarado y Juan Ernesto Páez-Pumar, precisamente para compartir sus conocimientos y experiencias en medio de la tragedia de los sismos.

Del sismo del 67 aprendimos muchísimo de efectos de amplificación de onda, de estratos sedimentarios, esos colapsos selectivos que hubo en los Palos Grandes y sin lugar a duda el este sismo del año 2026 los ha enseñado algo adicional. Fundamentalmente que los niveles de magnitud, de intensidad que nosotros esperábamos en nuestros sismos más importantes podían ser superados.

“El sismo que hubo en el mes de junio tiene un periodo de retorno de alrededor de 200 años. Probablemente desde el sismo de 1812 no experimentábamos un sismo tan fuerte, tan potente como el que vivimos en el mes de junio. Eso es una estimación, porque en 1812 realmente no teníamos los elementos, los sismógrafos para poder medir, son estimaciones que se hacen en función de los daños que hubo en aquella ocasión, de cuál pudo haber sido su magnitud, pero es solo comparable a ese sismo, no al de 1967. Para que tengamos una idea, el sismo de junio liberó entre 12 y 15 veces más energía de lo que liberó el sismo del 67”, explica Iribarren.

El experto asegura que los sismos que para los cuales debemos estar preparados son muy superiores a la creencia tradicional. Agrega que en junio se ratificaron muchas cosas que ya  sabían los expertos, como el efecto de los suelos en los colapsos de las estructuras. El suelo es, agrega, un elemento fundamental en esa interacción de la energía que libera el sismo con el comportamiento de las estructuras.

En este contexto surge la interrogante: ¿por qué más devastación en unas zonas que otras? ¿por qué especialmente en el Litoral Central? Iribarren indica que el suelo puede disipar la energía de un sismo, pero puede amplificarla también en función de la presencia de estratos sedimentarios blandos, que crea el efecto de un tazón de gelatina, en el que se coloca una estructura de papel y luego del sacudón sigue vibrando. Precisa que también existen lo suelos residuales, suelos más resistentes van a disipar esa energía.

“¿Dónde estamos viendo los mayores daños en Venezuela por los terremotos de 2026? Nuevamente en los Palos Grandes, San Bernardino, algunas zonas de Las Fuentes, El Paraíso con estratos sedimentario. ¿Y dónde en la Guaira? Caraballeda, Maiquetía, igual con suelo sedimentario. En la medida que en La Guaira nos acercamos al Ávila, comienzan a disminuir los efectos devastadores, ¿por qué? Por el tipo de suelo. No necesariamente por las estructuras”, describe el investigador de la Unimet.

Gustavo Iribarren considera que la densidad de población y las características de las estructuras son variables importantes a considerar en cuanto a la vulnerabilidad telúrica, pero también la cultura sísmica que tienen muchos países. Pone de ejemplo de Japón, como país desarrollado, pero también, dentro del ámbito cercano, se puede hacer referencia a Colombia, que posee una metodología de planificación y de mitigación de desastres importantes.

Agrega que Venezuela debe enfocarse y aprender en que de ahora en adelante hay que ofrecerle herramientas a la población para que se planifique antes, durante y después de un sismo. Sistemas de alerta temprana, por ejemplo, que no es ciencia ficción, pues funciona en México y de una manera muy eficiente.

“Eso perfectamente puede instalarse en el país, no solamente con las lluvias torrenciales. Creo que este tiene que ser definitivamente un punto de inflexión para que Venezuela comience a trabajar en la planificación y en la mitigación de los riesgos de los desastres”, Iribarren.

Iribarren en La Conversa junto a Juan Ernesto Páez-Pumar y Erys Wilfredo Alvarado

ENTRE ESTADÍSTICAS Y PREDICCIONES

 

El ingeniero Gustavo Iribarren comparó el doble terremoto del 24 de junio de 2026 con los trágicos sucesos del 26 de marzo de 1812, aquella catástrofe con un aura mística por su coincidencia en tiempos de la lucha por la independencia del país. Un lapso de separación de 214 años. Más de dos siglos entre uno y otro incidente.

¿Significa esto que pudiéramos tener la calma y la confianza de que por lo menos en una magnitud tan elevada o una coincidencia de un doble sismo no va a ser en un plazo en un corto o mediano plazo? ¿Pasará mucho tiempo para que las placas se muevan de esa manera? El experto indica que hay variables estadísticas y el tiempo es una de ellas, pero precisar hora y fecha más la intensidad, es algo imposible.

“Tenemos un período de retorno que pudiese estar alrededor de 60 años para grandes sismos en la región centro-norte, entendiendo que Venezuela no es una sola falla o una sola placa. Tenemos tres grandes fallas: la del Pilar, San Sebastián y Boconó, pero también tenemos distintas fallas secundarias. Entonces, ese periodo de retorno también viene asociado a sobre cuál falla estamos hablando.  La falla de San Sebastián, que es la falla que gobierna la sismología y los fenómenos en la zona centro norte, pudiésemos hablar de alrededor de 60 años, pero volvemos a la probabilidad. Muchos exalumnos me llamaban y me escribían después del sismo. Profe, usted lo dijo, usted dijo que se acercaba el próximo sismo. Bueno, pero es que yo no soy ningún brujo. El último sismo lo tuvimos en el 1967 ya estábamos próximos a 60 años”, explica Iribarren.

El ingeniero civil de la Unimet llama la atención a los ciudadanos de más de 35 años que en este momento viven en Venezuela. Asegura que esa generación, ya entrada en la adultez y más allá, no vivirá el próximo gran terremoto del país, si adaptamos las variables probabilísticas que acaba de indicar. Por tal motivo, hay una responsabilidad histórica: procurar que los venezolanos que sí estarán en este plano dentro de seis décadas lleguen al momento crítico del evento natural lo mejor preparados posibles.

Explica que esto va más allá de etiquetas verdes, amarillas o rojas. Supera el tema retórico de vociferar sobre “reconstrucción” como una entelequia. Hay que plantearse el futuro de una forma seria, con el trazo de una correcta rezonificación en las áreas más afectadas, como el caso de La Guaira.

¿DESPOBLAR EL LITORAL CENTRAL?

Los dos terremotos del 24 junio generaron diversos mitos. Uno de ellos tiene relación sobre la pertinencia o no mantener construcciones habitacionales en el estado La Guaira. Entonces, ¿qué pasa con Caraballeda, Caribe, Macuto, incluso con Catia la Mar que la mayoría de los venezolanos lo la asumía como una zona de riesgo sísmico, pero quedó igual o peor que localidades del este de Vargas? ¿Es cierto que deben despoblarse, son inhabitables?

“Ya hemos dicho que los suelos pueden generar un efecto o bien de amplificación de onda o bien de reducción, de mitigación, de disipación de esa energía. En la medida que tenemos la microzonificación sísmica, podemos saber cuál es la frecuencia, cuál es el período, cuáles son las velocidades que van a llevar esas ondas. Ya tenemos esas ondas tipificadas. Ese es el trabajo ingenieros geotécnicos, geólogos, ingenieros geólogos y por otro lado están los ingenieros estructurales que pueden diseñar la rigidez de sus estructuras que a su vez también van a tener una onda, un periodo fundamental en el cual van a trabajar”, aclara Gustavo Iribarren.

El objetivo es que esa información en poder del ingeniero geotécnico se cruce con la data que tiene el ingeniero estructural y estos periodos no coincidan, sino se dará un fenómeno de resonancia. Iribarren hace el símil con el diapasón, cuando el cantante de ópera rompe el cristal de Baccarat. Se produce entonces cuando coincide el periodo fundamental de una estructura con el periodo de vibración que llega y se genera una amplificación en las deformaciones y se pasan los colapsos.  

 Otro de los problemas que los expertos detectaron en los edificios en La Guaira fue el de la licuación de suelo. Esto se produce en arenas sueltas, saturadas con agua que cuando llega el sismo y se perturban, pasan a un estado líquido. Hay que tomar en cuenta que nunca fueron totalmente sólidos.

“Pierden totalmente su capacidad de transmitir resistencia al corte y colapsa. Entonces, esos dos efectos podemos perfectamente con la tecnología, con los conocimientos que tenemos hoy en día, podemos evitarlo. Ahí tenemos la mitigación de la mayoría de los problemas que pudiesen generar los colapsos de las estructuras. Las estructuras pueden fallar, pueden disipar la energía y fallar, pero no deben colapsar”

 Gustavo Iribarren desmiente que la tecnología de avanzada para levantar estructuras sismorresistentes sea prohibitiva para la mayor parte de los venezolanos. Estima que no debe encarecer los inmuebles. Habla incluso de técnicas de “infiltración de suelos” para mitigar la mala calidad de los sedimentos y la licuefacción. Lo que sí debe entender el ciudadano que ni en edificios ni en casas pueden instalarse enormes tanques de agua, pues si se exponen a un potencial desastre. “Es como tener un generador de tsunamis en la azote”, ilustra, lo cual puede conducir al colapso de las estructuras.

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