Incluir el yogur casero en la dieta de grandes y chicos es saludable, pues está cargado de probióticos activos que regeneran la microbiota intestinal. Es decir, es un alimento nutritivo que ayuda a mejorar la salud.
¿Por qué? porque es fuente de proteínas, vitaminas, minerales y probióticos que ayudan en el proceso digestivo y protegen la flora intestinal. Además, también puede ayudar a aumentar la masa muscular, porque es fuente de proteínas de alta calidad, refiere la Inteligencia Artificial.
¿Por qué el yogur casero es más saludable?
Al prepararlo en casa se obtiene un producto puro y económico, además, permite controlar exactamente lo que se consume, evitando los excesos de azúcar, saborizantes y conservantes de las versiones industriales.
Incluso, también tiene como beneficio ayudar a aumentar la masa muscular gracias a que es una fuente de proteínas, y estas son esenciales para el desarrollo muscular. Por otra parte, favorece la regeneración muscular en quienes practican algún deporte o actividad de fuerza o resistencia.
También contiene aminoácidos esenciales, que el cuerpo no puede producir por sí mismo, y contribuye al fortalecimiento óseo y a la producción de energía, gracias a su aporte de calcio y vitaminas del complejo B.
¿Cómo consumirlo?
La clave está en consumir yogur casero, bajo en azúcares y con ingredientes naturales rico en calorías. Te compartimos la receta para que elabores una versión alta en proteína, pero que no compromete el sabor ni la calidad nutricional.
Para elaborarlo necesitas:
- Leche, referiblemente alta en proteína, como la de vaca o la fortificada (1 litro)
- Yogur natural sin azúcar, con cultivos vivos y activos (2 cucharadas)
- Leche en polvo, para aumentar la cremosidad y el contenido proteico (2 cucharadas)
Preparación
1. Calentar la leche a unos 85°C sin que llegue a hervir. Este proceso elimina bacterias indeseadas y prepara el ambiente para los cultivos lácticos.
2. Enfriar la leche hasta los 43°C, temperatura ideal para la fermentación.
3. Mezclar con el yogur natural y la leche en polvo, asegurando una disolución homogénea.
4. Verter la preparación en un recipiente y cubrir con una toalla o tapa ligera para permitir la oxigenación.
5. Dejar fermentar durante 8 a 12 horas en un lugar cálido. Cuanto más tiempo repose, más intenso será su sabor y textura.
6. Refrigerar al menos 4 horas antes de consumir. Esto ayuda a estabilizar la textura y potenciar su perfil probiótico.
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