Domingo Mondongo: Todos los días tengo la intención de ser el mejor padre posible

No busca grandes planes ni actividades elaboradas, porque la paternidad es su proyecto más importante

Viernes, 19 de junio de 2026 a las 07:00 am
Domingo Mondongo: Todos los días tengo la intención de ser el mejor padre posible

En la casa donde hoy convive con su esposa Alejandra Otero y sus cuatro hijos —Camila, Bernardo, Paulina y Marcelo—, Jorge Parra suele detenerse en escenas que le regresan desde lejos. A veces es un burbujero improvisado con alambre y jabón; otras, el recuerdo de su madre calentando la ropa en la cocina de leña para que él y su hermana no pasaran frío antes de ir al colegio. Esas imágenes aparecen cuando observa a sus hijos jugar, discutir o pedir algo que él nunca tuvo. Y en ese contraste, vuelve a reconocerse.

Conocido como Domingo Mondongo, es conferencista, especialista en Cultura de la Alegría, coach y mentor organizacional. Argentino con más de veinte años en Venezuela, suele decir que aquí encontró su lugar en el mundo. Pero su punto de quiebre no fue un país, sino un momento: convertirse en padre. “Siempre quise ser papá”, recuerda. De niño incluso imaginaba que lo sería a los 15. La vida lo llevó por otro camino y terminó siéndolo a los 35.

Un nacimiento que lo transformó

La llegada de su primera hija ocurrió en un parto de emergencia. Él mismo cortó el cordón umbilical y vivió una escena que aún conserva intacta: la bebé agarrándose de su meñique. “Me cambió totalmente la vida… descubrí la inmensidad del amor cuando fui padre”, dice.

Ese nacimiento lo llevó a mirar su propia historia desde otro lugar. Creció con una madre que resolvía todo con lo que tenía a mano, que lo cuidó cuando nació prematuro sin incubadoras ni recursos, que inventaba juegos y sostenía la casa. Esa memoria regresó con fuerza cuando vio a sus hijos reclamar por detalles mínimos. En silencio, comparaba ambas infancias y entendía algo nuevo sobre su propia crianza.

La revelación que no esperaba

Mientras hablaba con ternura a su hija recién nacida, Jorge notó que a sí mismo se dirigía con dureza. “Yo jamás me había querido y jamás me había tratado bonito”, admite. Se escuchó diciéndose frases como “no puedo ser tan inútil” mientras a ella le hablaba con cuidado. Ese contraste lo obligó a detenerse. Empezó a revisar su autoestima, a cambiar palabras y tonos, a entender que ese trato hacia sí mismo influía en todo lo demás.

Ese descubrimiento se convirtió en una guía para criar. Jorge intenta que sus hijos desarrollen desde pequeños algo que a él le tomó décadas: la capacidad de escucharse y tratarse con respeto. Les pide que conversen consigo mismos, que identifiquen si algo les hace bien o no, que aprendan a reconocer sus límites sin castigarse. “Intento que ellos entiendan el valor de amarse”, explica.

La migración en la paternidad

Sus dos hijos mayores vivieron siete años fuera del país. Él viajaba para verlos cada vez que podía y guardaba un fondo de emergencia por si debía tomar un avión de inmediato. “Vivía en pánico”, confiesa. En ese tiempo entendió lo que su madre sintió cuando él mismo emigró. Recordó el día en que ella le dijo: “Si te vas, vete a ser feliz… y cuando necesites volver, esta seguirá siendo tu casa”. No comprendió el peso de esas palabras hasta que le tocó dejar ir a sus propios hijos.

La tecnología fue su puente. Llamadas, mensajes, videollamadas. A veces no obtenía respuesta, como ocurre con los adolescentes, pero insistía. Era su forma de estar presente, incluso cuando la distancia parecía más grande que el mapa.

Aprender a ser padre de adolescentes

Cuando finalmente volvieron a vivir juntos, la dinámica familiar cambió por completo. Pasó de verlos esporádicamente a acompañarlos en tareas cotidianas: buscar escuelas, resolver loncheras, hablar sobre límites, escuchar música en el carro. “Estoy aprendiendo a ser padre de adolescentes”, reconoce. Para él, fue como saltar etapas: de niños pequeños a jóvenes con opiniones, ritmos y necesidades distintas.

En medio de esa reorganización, intenta reservar espacios individuales para cada uno. Juega al pickleball con Marcelo, acompaña a Bernardito a natación, escucha la música que eligen en el carro. Son momentos que valora porque le permiten estar presente de una manera que antes no podía.

Los gestos pequeños

Domingo deja notas en las loncheras: “Te amo, hijo”, “Confío en ti, Paulinita”, “Sé grande, Camila”. No sabe si sus hijos las guardan o si las botan, pero para él tienen sentido. “A mí me hace bien ponerles ese cartelito y por lo tanto ya cumple la función”, dice.

Esos gestos lo conectan con su propia infancia. Recuerda a su madre haciendo todo lo que estaba a su alcance para que a él y a su hermana no le faltara nada. Ahora entiende esos detalles como parte de una historia que no había terminado de comprender. “Hasta que no fui padre, no lo vi”, afirma.

La vida familiar hoy

La convivencia de seis personas en Venezuela implica organización, horarios y una agenda llena. Entre actividades, comidas, clases y traslados, el día se llena rápido. Aun así, intenta que siempre haya un espacio para compartir. La cena se ha convertido en ese punto de encuentro. Es el momento en el que todos coinciden, aunque cada uno llegue desde un lugar distinto.

La logística también tiene su peso: seguros médicos, actividades, comidas, traslados. Pero para él, lo esencial está en otra parte. “Todos los días tengo la intención de ser el mejor padre posible”, dice. No lo mide en grandes gestos, sino en presencia: apagar el teléfono para jugar, acompañar una clase, escuchar una canción que no conoce.

Una historia que marcó sin presencia

Aunque su relación con su padre no cambió con el nacimiento de sus hijos, sí cambió su manera de mirar esa ausencia. Recuerda que lo vio muy pocas veces y que no tiene fotos de él. “Yo no tengo fotos de mi papá, no tengo idea… me lo habré cruzado cuatro veces en mi vida”, cuenta. Aun así, hubo un momento que quedó grabado: cuando era niño, se acercó a él y le dijo que lo perdonaba, sin entender por qué lo hacía.

Con los años, supo que su padre vivió una vida atravesada por conflictos políticos y ausencias familiares. No lo justifica ni lo condena, pero reconoce que esa distancia moldeó su propia forma de ser padre. A veces, mientras juega con sus hijos, piensa en lo que su progenitor perdió. “Me hubiese encantado haber jugado. Qué pena que te lo perdiste”, piensa. No desde el rencor, sino desde la idea de que la vida pudo haber sido distinta para ambos.

Lo que quiere que sus hijos recuerden

Cuando piensa en celebraciones como el Día del Padre o su cumpleaños, lo tiene claro. “Lo que quiero es estar con ellos”, afirma. No busca grandes planes ni actividades elaboradas, porque la paternidad es su proyecto más importante, el que guía sus decisiones y el que le da sentido a su vida cotidiana.

Jorge Parra, el mentor, el argentino que encontró hogar en Venezuela, el mismo que de niño veía a su madre inventar juegos con lo que tenía, hoy construye presencia todos los días. Lo hace con palabras, con gestos, con tiempo y con la intención de que sus hijos crezcan con algo que él tuvo que aprender de adulto: la certeza de que merecen amor, sobre todo el propio.

Por Wanda López Agostini
Fotos Cortesía
Coordenadas @domingomondongo

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