La relación entre el ser humano y la comida es mucho más compleja que el simple acto de nutrirse. A menudo, las personas se encuentran comiendo no porque su cuerpo requiera energía, sino porque el entorno o un recuerdo específico disparan el deseo de hacerlo.
Este fenómeno, que durante mucho tiempo se atribuyó solo a la falta de voluntad, tiene en realidad una base científica profunda que reside en la comunicación interna de nuestras neuronas.
Comprender cómo decidimos qué y cuándo comer es fundamental en una era donde la obesidad y los trastornos alimentarios son problemas de salud pública global. Recientes investigaciones han comenzado a arrojar luz sobre los mecanismos exactos que vinculan nuestras vivencias pasadas con nuestras ganas de picar algo, incluso cuando el estómago está lleno.
El "puente" neuronal entre tus recuerdos y tu nevera
Un nuevo estudio científico ha identificado un grupo de neuronas específicas que funcionan como un puente entre la memoria y el hambre. Según la investigación realizada por expertos del Mass General Brigham, estas células están ubicadas en una zona del cerebro llamada septum dorsolateral y son las encargadas de traducir la información de nuestro entorno —como un olor, un lugar o una situación emocional— en una orden directa para empezar a comer.
El proceso funciona de la siguiente manera: el hipocampo le avisa a estas neuronas dónde estamos y qué solemos hacer allí. Por ejemplo, si siempre comemos cotufas en el cine, al entrar a la sala, este circuito se activa y envía una señal al hipotálamo, que es el centro del control del hambre. Así, el cerebro nos convence de que tenemos hambre, aunque hayamos almorzado hace poco.
Lo más fascinante del hallazgo es que estas neuronas también responden a fármacos utilizados actualmente para tratar la obesidad. Esto significa que, en el futuro, los tratamientos no solo se enfocarán en que la persona se sienta "llena" físicamente, sino en ayudar al cerebro a ignorar esas señales externas que nos empujan a comer de forma impulsiva.
Este descubrimiento abre una puerta de esperanza para entender mejor el "comer emocional" y desarrollar estrategias que nos permitan recuperar el control sobre nuestros hábitos alimentarios, basándonos en las necesidades reales del cuerpo y no solo en los estímulos del paisaje.
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