El envejecimiento es un proceso biológico inevitable que afecta a todas las estructuras del cuerpo, incluyendo las articulaciones. Tradicionalmente, recibir un diagnóstico de artrosis se percibía como una sentencia de inactividad y dolor crónico.
Sin embargo, la fisioterapia moderna y la medicina deportiva están transformando esta visión, alejándose del miedo al "desgaste" para centrarse en la resiliencia del cuerpo humano. En la actualidad, entender que el deterioro físico no siempre es sinónimo de sufrimiento es el primer paso para mejorar la calidad de vida de millones de personas que buscan mantenerse activas a pesar del paso de los años.
Artrosis y dolor: por qué el reposo no siempre es la solución
De acuerdo con las explicaciones del fisioterapeuta Pedro Azañón, es fundamental diferenciar entre el proceso degenerativo natural de la rodilla y la aparición de dolor.
Según el experto, la artrosis debe entenderse como una evolución normal del tejido, similar a la aparición de arrugas en la piel. El hecho de que una radiografía muestre signos de desgaste no implica necesariamente que el paciente deba experimentar molestias. En muchos casos, el dolor no proviene de la falta de cartílago en sí, sino de factores periféricos como la inflamación de los tejidos blandos o el sedentarismo prolongado.
El especialista subraya que la inactividad es, paradójicamente, uno de los mayores enemigos de una articulación desgastada. Cuando una persona deja de moverse por miedo a lesionarse, los músculos que rodean la rodilla se debilitan, lo que genera una mayor inestabilidad y, por ende, un aumento en la percepción del dolor.
El estilo de vida, incluyendo la gestión del estrés y la calidad del sueño, también juega un papel crucial en cómo el sistema nervioso procesa las señales de molestia en la zona afectada.
El abordaje terapéutico actual prioriza el ejercicio de fuerza adaptado y el movimiento controlado. Azañón recalca que fortalecer la musculatura de soporte permite que la articulación reciba menos impacto directo, mejorando la funcionalidad sin necesidad de recurrir únicamente a fármacos.
La clave para los pacientes no reside en evitar el movimiento, sino en encontrar el nivel de actividad adecuado que permita mantener la rodilla lubricada y fuerte, entendiendo que el cuerpo tiene una capacidad de adaptación asombrosa incluso ante los cambios degenerativos naturales.
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