El mundo observa con atención un peligroso juego de "doble vía". Mientras las delegaciones de Estados Unidos e Irán se sientan este martes en Ginebra para intentar destrabar el acuerdo nuclear, la Guardia Revolucionaria de Teherán ha ejecutado un cierre parcial del Estrecho de Ormuz, la arteria más vital para el tránsito de petróleo en el planeta.
La coincidencia de ambos eventos es interpretada por expertos como una estrategia de presión máxima por parte de Irán en la mesa de negociación.
Diplomacia bajo fuego real
En Ginebra, la atmósfera es gélida. Los negociadores buscan un terreno común sobre el enriquecimiento de uranio, pero el cierre del estrecho ha cambiado el tono de las conversaciones:
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El factor presión: Irán utiliza su control geográfico sobre Ormuz —por donde circula el 20% del crudo mundial— como una carta de cambio. Al restringir el paso, Teherán demuestra que tiene la capacidad de infligir un daño económico global si no se levantan las sanciones.
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La postura de Washington: la delegación estadounidense, respaldada por la reciente movilización del portaaviones USS Gerald R. Ford hacia la región, ha condicionado cualquier avance en Ginebra al cese de las "provocaciones navales" en el Golfo Pérsico.
Mercados en alerta roja
La sola mención de restricciones en el Estrecho de Ormuz ha provocado que el barril de petróleo Brent dispare su cotización, ante el temor de que un error de cálculo militar convierta el cierre parcial en un bloqueo total. Las empresas navieras han comenzado a reportar retrasos en las rutas de salida de crudo desde Arabia Saudita, Irak y los Emiratos Árabes Unidos.
"No se puede negociar la paz mientras se amenaza la estabilidad del suministro energético mundial", advirtió un alto diplomático europeo presente en las rondas de Ginebra, subrayando la fragilidad del momento actual.
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